PASION

Un bar de mala muerte: el lugar donde renacer



El Rodney es un bar donde algunos domingos a la noche resurge la pasión por el blues, el jazz y el rock. Aunque queda enfrente del cementerio de Chacarita, en Buenos Aires, el Rodney son todos esos bares sombríos de cualquier ciudad, en donde uno confirma que está vivo y que la música es eterna.

Por Vivian Palmbaum (en Al Margen Nº 67)

Es domingo y la garúa le da cierto aire tenebroso a esta noche en la que estoy sentada en un diminuto bar, El Rodney, ubicado en los confines de la Ciudad de Buenos Aires, frente al paredón del cementerio de la Chacarita. Quienes vinimos, estamos convidados a escuchar a guitarristas de rock que parecen reciclados de otra época, en un evento que en Facebook fue publicado así: “Conejo Jolivet y Cachin Invernizzi con Amigos de Verdad”.
El lugar empieza a llenarse de parroquianos que llegan y saludan. Flota aire de rock: por la música, la indumentaria y por las chicas con flequillo rollinga. Alrededor de las diez de la noche, los guitarristas se suben a la tarima para empezar a ensayar unos acordes: logran hacernos sentir que si el evento solo consistiera en esto, ya estaríamos agradecidos.

Rodolfo Gorosito, el conocido guitarrista que tocó con Gieco y Spinetta, toma una cerveza y no para de saludar gente. El blues se convierte en el rey del lugar para los oídos de los amantes del género. Las guitarras afinan acordes almibarados del cancionero blusero. El chiste sale fácil: enfrente del cementerio, la vibración va a hacer levantar hasta a los muertos. Virtuosismo, estremecimiento, emoción, penumbra, cerveza, fernet. En cada pausa, se produce una migración de fumadores con síndrome de abstinencia que se apresuran a salir a despuntar el vicio. En eso, el Pity (Álvarez) hace su aparición. Es medianoche y el efecto cenicienta parece haber caído sobre él: parece un lumpen, con el pelo sometido a la decoloración, la ausencia de los dientes del maxilar superior, la ropa rota y un entusiasmo que brota junto a las guitarras, que lo provocan a cantar y tocar su armónica para cortejarlas. 
La melodía sensual calienta los cuerpos, los agita, los excita, los arrima, los hace bailar, estremece la piel, acaricia el alma y palpita en el corazón. Se arma bailongo entre las mesas. En el aire compactado por nuestras numerosas presencias se hacen presentes los espíritus que poseen nuestros cuerpos y no nos dejan en paz: en cada uno las vibraciones hacen mover alguna parte (una pierna, una cabeza, una mano) que pretende acompañar los compases pegajosos.

Otra noche, otro domingo, vi luz y entré. Willy Crook se puso a cantar, casi de incognito, con una gorrita que lo muestra como un cualquiera que pasa por el lugar. Y entonces se hizo el jazz. ¡El saxo que te parió! Un reto a duelo entre el saxo y la guitarra nos hace testigos del ardor que espera una chispa para hacer prender fuego el aire inflamado del lugar. El saxo pasa al firmamento como una estrella fugaz que tarda en apagarse.

Anoche hubo fiesta, en el club del blues local… Norberto Pappo Napolitano entonaba ese blues. ¿Lo recordás? Es otra noche y parece demorarse un poco más el inicio del show. Hay menos luz y parece que somos menos, tal vez porque nos reconocemos. Los músicos, que también distinguen a los habitués, se acercan a saludarnos. Hoy el menú musical parece anticipar puro rock, pero en el medio se va mezclando un poco de jazz. Nos ensordecen los platillos que hace sonar “El Bolsa”: así se lo conoce a Gustavo González, un baterista reconocido por haber acompañado a Pappo durante más de doce años. Está afinando el instrumento y nos va dejando un poco sordos. Después, acompañado de los músicos va a sonar un blues reviente de Mississipi que nos hará vibrar, no sólo de emoción porque la capacidad de absorber sonidos del lugar quedará ampliamente excedida. La cara del baterista es un espectáculo: en estado de éxtasis, con gestos y mímica, demuestra un histrionismo que detentan sus años de experiencia: un maestro de ceremonias que participa a los demás músicos, los provoca, los dirige. “Al Bolsa” lo persiguen un vaso de whisky y una joven rubia con un niño pequeño.
Un rato después, el ritmo se transforma en jazz fusión con un saxo que con dotes de mujer hace un ratito de vedette y nos deleita. La zapada va variando, de acuerdo a los músicos que caigan en el lugar. Nada planificado: la improvisación hace gala de la maestría instrumental.

Cada vez que alcanzamos estos momentos de increíble música, la melancolía de los domingos se detiene, se pospone, no llega. La pasión suspende, por un tiempo, la tristeza inexplicable de terminar el fin de semana, ese entredomingo perpetuo de tener que empezar otra vez con las obligaciones semanales.
Por ahora, acá, todos somos vampiros que nos alimentamos de estas sonoridades, como murciélagos de la noche. Padecemos una inexplicable necesidad de ser parte de la música que alcanza al cuerpo, envolviéndolo.

 

Comentarios