EL SEMILLERO DE ROSALIA

UN MISTERIOSO MUNDO DEL CAMINO CENTENARIO

La calma de esta mañana sólo es interrumpida por el canto de los pájaros que se hacen oír de a muchos. Estaciono el auto lentamente frente a una estación de tren del ferrocarril que –todavía– se sigue llamando “General Roca”. Es octubre pero la temperatura crece, como el termómetro de un cuerpo afiebrado. La Estación Pereyra, en el sur del Gran Buenos Aires, está despertándose, poco a poco. Por alguna extraña situación sólo uno de los dos andenes tiene bancos para sentarse a esperar el tren.  Todo está atravesado por un estado de reposo. Sólo cortan la quietud un chancho, que pasea por la única calle asfaltada que veo, 

Un tren pasa con sentido a la Ciudad de Buenos Aires y sacude la calma como un relámpago. Rosalía es integrante de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), una organización que representa a los productores de las agriculturas familiares del cordón agrícola de La Plata, del que Pereyra es parte. Vine hasta aquí para que me cuente más sobre esta organización que existe desde hace cuatro años y reúne a productores de las zonas de Banderitas, Abasto, El Peligro, Estancia Chica, El Pato y, recientemente, Florencio Varela. Pereyra, Partido de Berazategui, integra una de las zonas de mayor productividad de hortalizas del país: menos papa y cebolla, se producen todas las demás. Además la región es productora de “flores de corte”: las flores para las florerías.

La horticultura es familiar porque implica mucha mano de obra y, entonces, tiene que trabajar toda la familia porque se les hace imposible poder pagarle a otra persona.

El Camino Centenario es la ruta que, antes de que se construyera la Autopista Buenos Aires-La Plata, unía ambas ciudades. Un mundo desconocido  que me internó en medio de un inmenso parque poblado de árboles, arbustos y pintada por el amarillo de unas flores que se extienden por todas partes. 

Rosalía llega con Amanda, su hija de dos años, calzada en su cintura como si fuera un abrojo, con los mocos cayéndole a cada rato. Nos sentamos en uno de los bancos de la estación. Charlamos. Define a Pereyra como un “paraje rural” y es posible que técnicamente lo sea: tiene apenas más de mil habitantes, la mayoría alrededor del Parque Pereyra Iraola, la zona de mayor biodiversidad de la provincia.

El Parque tiene 10.246 hectáreas abarca los municipios de Berazategui, Ensenada, Florencio Varela y La Plata. En 1949 fue expropiado a la familia Pereyra Iraola por el gobierno de Juan Domingo Perón para construir un parque para la comunidad, que se inauguró un año más tarde.
La unión hace la fuerza

Pese a que tiene poco más de treinta años, Rosalía ya es una de las referentes de la UTT, que tiene filiación con la organización social y política Frente Popular Darío Santillán.

Cada familia que integra la Unión de Trabajadores de la Tierra trabaja una extensión de una a dos hectáreas: un volumen de producción importante que, según me explica Rosalía, les permite extraer de treinta a cuarenta jaulas por día. Una jaula es un cajón de madera en el que, por ejemplo, entran cuarenta paquetes de espinaca. La producción se la venden a un intermediario que maneja el camión que lleva la mercadería al Mercado Central, principal centro comercializador de frutas y hortalizas de Argentina. Por cada jaula, las familias reciben diez pesos. En cada localidad se organizan en asambleas, entra las cuales están la de Abasto,  formada por 80 familias, Banderitas, 50, El Peligro, 50: todas viven de la agricultura familiar.

El grueso de los productores de la Unión de Trabajadores de la Tierra no es dueño de la tierra que produce, la alquila a costos muy elevados: de 2.000 a 3.000 pesos por hectárea. Trabajan la tierra en condiciones muy precarias que los dejan expuestos a las arbitrariedades del dueño: subas injustificadas de los valores y cambio de las condiciones de arriendo porque no hay contrato.

Además, son parte de la organización los medieros, otra categoría en la forma de producción: trabajan la tierra, en algunos casos también ponen los insumos, y van a medias con el dueño de la tierra.
Precio y valor

El precio final que pagan los consumidores por, por ejemplo, la espinaca –alrededor de cinco pesos el paquete– está integrado por la cadena de intermediarios: el camionero, el Mercado, el que baja el cajón, el puesto que lo recibe, y la distribución: el supermercado, la verdulería o un mayorista.

“Hay mucha especulación y por eso estamos armando un proyecto de comercialización que aplique distintas estrategias para quitar intermediarios y que los que producen tengan un ingreso más justo”, dice Rosalía mientras Amanda va de aquí hacia allá, lo que nos obliga a dejar la estación por un lugar más seguro.

Para paliar esta situación, una de las estrategias que han empezado a desarrollar es conformar mercados populares en los que los productores venden sus mercaderías de manera directa. Estos mercados, tipo ferias, están en algunos barrios del contorno de La Plata. Además comercializan sus productos en la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano a través de militantes del Frente Popular Darío Santillán. También los venden en Avellaneda y Ezeiza y, próximamente, se abrirá un mercado en Roca Negra, Lanús, que será un Centro de Abaratamiento del MTD (Movimiento de Trabajadores Desocupados) en el que habrá verdulerías, carnicerías y pescaderías, entre otros rubros productivos vinculados a la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (Ctep), sector en crecimiento. A estas iniciativas hay que sumar un Mercado Mayorista de los Productores, en Quilmes: una especie de pequeño Mercado Central que vende a los verduleros productos de la agricultura familiar.

Bajo un ombú frondoso, Rosalía me dice que también venden las verduras de manera directa a través de Facebook y que en La Plata realizan reparto a domicilio de unos noventa bolsones de verduras de estación. Este recurso es importante pero no alcanza por sí mismo a facilitar la venta de grandes cantidades producidas porque, por ejemplo, estos bolsones los llega a abastecer una sola familia de productores.

Ahí anida uno de los nudos de la problemática: los volúmenes que producen son mucho más grandes que las ventas en las ferias  de manera directa. Estas iniciativas les permiten cobrar un precio más justo por lo que producen, pero es insuficiente para comercializar toda la producción: logran vender un paquete de espinaca a cinco pesos, en lugar de los diez que les pagan los camioneros por una jaula con cuarenta paquetes, pero las magnitudes de ventas son insignificantes.

La tierra es barro

Rosalía es delgada y tiene la piel curtida. Habla firme, como segura de lo que dice.   Viene calzada con botas de lluvia que casi le llegan a la rodilla. Ahora en Pereyra, la tierra muestra las marcas de haber alcanzado la capacidad máxima de absorción del agua: las intensas  lluvias  recientes dejaron huellas y allá, ahí y aquí hay charcos de diversas dimensiones, empantanando caminos. Arriesgadas, nos lanzamos a la ilusoria aventura de transitar esas calles embarradas, enceguecidas por llegar a un destino que atrae como un imán: el proyecto de agroecología que impulsan, de manera experimental.

Nuestra misión estalla con la realidad cuando a los cincuenta metros de iniciado el trayecto mi auto comienza a patinar. Rosalía es una muchacha valerosa y atrevida, así que me sorprende –y me asusta– los signos de pánico frente a la primera patinada. Me propone retroceder para volver a buscar su F-100, destartalada, pero acostumbrada a esos territorios. Volvemos montadas en la camioneta: alcanzamos a hacer 80 metros cuando nos empezamos a deslizar. No hay manera de avanzar. El miedo se apodera de Rosalía, que se desespera por ver si alguien puede ayudarnos. Pasa una vecina que, en vez de colaborar con la situación, expresa su fastidio: “Los caminos hay que cuidarlos y no transitarlos cuando están en estas condiciones”, grita. Rosalía me dirá luego que estas disputas son frecuentes porque la municipalidad no arregla los caminos y los vecinos en lugar de peticionar por mejoras se pelean entre ellos. Finalmente, tres trabajadores agrícolas de una chacra, conocidos por Rosalía, colaboran con la causa: empujan la F-100 y la manejan hasta que ambas nos animamos a salir por donde habíamos venido.

Medio en broma, medio en serio, los tres mesías dicen que esperan una gaseosa en agradecimiento. Rosalía les dice que les convidará con gusto cuando pasen por su casa.

La casa de Rosalía es del guardaparque del Parque Pereyra. Vive allí porque hace unos meses su vivienda se incendió: perdió todo lo que tenía adentro. Como tantas otras veces, empezó de nuevo con la ayuda de vecinos y compañeros.  

Empezar es un verbo que conjuga bien con su impulso constante.

Dejar de ser invisibles

Para visibilizar la situación de la producción e interpelar a la sociedad –algo imprescindible: necesitan que se sepa  que existen y que detrás del precio de las verduras existe toda una situación que se halla oculta– la UTT realizó diversas acciones. Esta invisibilidad es un problema que se manifiesta en la falta del acceso a la tierra y las condiciones a las que está sometida esta producción.

Para ellos, esta invisibilidad es un problema que se manifiesta en la desigual proporción que reciben por sus productos. Por eso, realizaron tomas de tierras y movilizaciones con verduras frente al Ministerio de Agricultura o en Plaza de Mayo. La última fue, en septiembre,  una donación a organizaciones sociales de seis mil kilogramos de verdura que se llevó adelante frente al Ministerio de Agricultura de la Nación.

“En términos del capitalismo este modelo funciona a costa de no vivir: vivir en una casa de madera y apenas tener baño, trabajar 10 horas y vivir mal”, dice Rosalía mientras algunos vecinos la saludan. “Por ahí –agrega: la voz firme y convencida– algún día tuviste suerte, le granizó al de al lado y a vos no, y tu verdura vale y te podés comprar una camioneta: es como un sueño al que todos quieren llegar, aún a costa de no vivir”.

Uno de los objetivos de la UTT es el proyecto de Colonia Agrícola Integral de Abastecimiento Urbano, que presentaron al gobierno nacional para que adjudique tierras ociosas para la producción de alimentos. Allí, inicialmente, 80 familias podrían dedicarse a la agricultura familiar sin tener que pagar los abusivos precios de alquiler lo que mejoraría su competitividad y sobre todo les daría la posibilidad del acceso a la tierra para trabajarla.

Como parte del ordenamiento de la UTT, sus integrantes han formado una cooperativa que les permite tener cubiertas cuestiones formales como la facturación y la posibilidad de acceder a algunas líneas de incentivo a la producción.

Mal de pobres

Amanda, o Muchi como le dice Rosalía, va y viene: juega con la tierra. Tanto que muestra las marcas de que ha estado saboreando el barro. Cuando se cansa, se sienta en la falda de la madre y toma la teta. Rosalía le alimenta su esperanza.

Además de reivindicar el acceso a la tierra, la UTT trabaja aspectos del área de salud, a raíz del maltrato y la discriminación que sufren los trabajadores en el acceso a la salud pública. Para eso, están haciendo un seguimiento de atención en los hospitales y en algunos casos acompañan a sus compañeros. Entienden que es una manera de presionar. Recientemente, una compañera que llevaba un año con problemas de esófago que le impedía comer, logró que la internaran y la operaran gracias a los reclamos constantes de la organización.

Prácticamente todos los trabajadores agrícolas son oriundos de Tarija, Bolivia, de donde se vinieron porque faltaba el agua para poder cultivar. Su profesión originaria es la agricultura. 

En este momento, me cuenta Rosalía, están trabajando el Mal de Chagas, una enfermedad latente en estos agricultores, muchos de ellos migrantes de origen humilde que traen con ellos las enfermedades de la precariedad y la pobreza.

El Mal de Chagas es una enfermedad silenciosa –vergonzante para quien la padece– que solo sale a la luz cuando aparecen los síntomas, lo que sucede cuando ya está bastante avanzada. En el trabajo que vienen haciendo con el área de salud articularon con la Ctep: brindaron talleres de capacitación que permitieron visibilizar el Mal para los trabajadores del sector y así facilitar  la detección temprana con análisis de sangre y posterior derivación al sistema público de salud, donde ya tienen un contacto para la rápida atención. Al mismo tiempo, impulsan que se lleve adelante un Programa de Detección y Seguimiento de Intoxicaciones Crónicas por Plaguicidas  Organofosforados y Carbamatos, que depende del Ministerio de Salud de la Nación. Con este programa se busca la detección, seguimiento y prevención de las intoxicaciones que produce el uso de los agroquímicos. Hasta ahora solo se abordan los casos agudos. La implementación de este plan permitiría trabajar de manera preventiva sobre la salud de los trabajadores. También han logrado facilitar el acceso a la vacunación antitetánica, que es importante para la prevención en este tipo de trabajo manual.

Otra de las cuestiones que también están abordando es referida a lo técnico productivo en donde también han organizado un área, COTEPO (Consultorio Técnico Popular), que trabaja sobre el asesoramiento y asistencia en el uso de las semillas y los agroquímicos.

Rosalía está sentada bajo el ombú, cómoda. Desde allí, me explica detalles: “Se trata de facilitar el intercambio de saberes de los propios agricultores y brindar asesoramiento, que hasta ahora solo estaba orientados por la semillería que les vende el producto. Ese asesoramiento era interesado para vender producto, así es que estamos empezando a implementar el menor uso de los pesticidas”.

A largo plazo el proyecto al que aspiran es la parcela agroecológica. La agroecología implica ir reduciendo el uso de agroquímicos y ya están haciendo una experiencia en ese sentido con dos grupos de base, en Banderitas. Esto les permitiría producir otro tipo de hortalizas, orgánicas, de mejor calidad y, tal vez de mejor precio, aunque Rosalía  me aclara: “Nuestra prioridad es que nuestra propia clase social tenga acceso a mejores productos y no producir para una clase social de elite”.  

¿De qué color puede ser el verde? La pregunta parece retórica pero encierra sus misterios. La palabra “verdura” deviene de “verde”. Su uso se generalizó a todas las hortalizas aunque el término preciso alcanza a las que tienen predominantemente color verde.

Rosalía Pellegrini me metió en el mundo de la tierra y del verde, casi sin moverme de la Estación Pereyra. Un camino que parecía no conducir a ninguna parte por el barro me abrió un mundo oculto, detrás del verdulero. Unos horticultores familiares y agrupados, que sostienen nuestro consumo como labradores de la tierra, son como obreros de una fábrica. “Nadie sabe de dónde viene la verdura que come hasta que los precios se van por allá arriba”, dice Rosalía.-
Noviembre 2014 











 
 
 


 



 
 

 

 


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