Van quedando atrás las
altas cumbres ecuatorianas para ir recorriendo el sur de la cordillera de los
Andes. Junto con los cerros y volcanes, parece ir perdiéndose
ese cruce entre tierra y cuerpos que se
expresa en mil mestices.
Se llama Santa Ana de los Cuatro Rios de Cuenca y fue declarada
Patrimonio Histórico de la Humanidad por la Unesco porque
conserva la estructura arquitectónica de la época de la conquista española,
haciendo alarde de sus fachadas
perfectamente conservadas que le confieren un valor indudable que atrae a
propios y extraños. Como un producto comercial que se ofrece a la vista para
ser consumido. A lo mejor esa es la finalidad del valor patrimonial.
Otro universo comienza a abrirse, en una ciudad dedicada en gran parte al turismo, que se
expresa en diversas lenguas, que no son de la región. Una urbe
que se ha vuelto cosmopolita, en donde coexiste el tradicional Mercado
al que llegan los pobladores urbanos y rurales y el shopping. El rio Tomebamba
que bordea la ciudad histórica, era el límite y ahora más allá se ubican una
ciudad moderna, sede de importantes marcas comerciales en el país, con edificios nuevos, en su mayoría de ladrillos a la vista que van poblando y extendiendo esos contornos.
Los
grafittis testimonian esa mixtura de culturas locales urbanas con saberes
ancestrales y componentes anárquicos,
para pintar otro paisaje ciudadano, en cuyas fronteras se multiplican
los bares que ofrecen las pipas de agua y algo de la tradición reggae.
Otra cultura se abre paso, con cruces de diversas raíces, en
donde ya no tiene exclusividad la relación con la tierra, que alguna vez fue dominante. Se pueden observar a las cholas cuencanas convivir con otras
mujeres que lucen el último grito de la moda actual.
Al igual que en las demás ciudades, hay una cantidad importante de iglesias, algunas se levantaron sobre los lugares de adoraciòn sagrados de los incas, como parte del proceso de sustitución de la tradiciòn. La iglesia de Turi, ubicada en el punto más alto de la ciudad representa ese afán. El abuso se puede ejercer de muchas maneras.
Se ofrece al visitante
una gran cantidad de rincones que intentan captar su interés visual y
comercial como el museo del sombrero Panamá,
un elemento confeccionado de paja toquilla, que se ha incorporado al atuendo regional. Ese fieltro
que aunque apela con su denominación a otro país, se confecciona aquí y lleva
ese nombre porque estaba destinado a los trabajadores de esa majestuosa obra de
ingeniería destinada a conectar los mares,
Atlántico con el Pacífico, para facilitar las actividades comerciales,
que después fueron reguladas y fiscalizadas por el gran imperio del norte del continente, que ha
tratado a esta región como parte de su territorio. Es casi seguro que quedan invisibilizados en
esta oferta turística otras atracciones menos redituables.
Parto en dirección a Guayaquil, en esta oportunidad el medio
de transporte ya no es el público y comunitario, o sea en ómnibus. En el hotel
te sugieren que abordes una combi, que lleva pocos pasajeros, su costo es casi
similar al transporte público, tiene mayores frecuencias y recorre el
trayecto en menor tiempo. Nos va a trasladar hasta nuestro destino de manera ilegal, ya que a poco de circular
nos advierten que frente a cualquier control policial debemos decir que somos
parte de un contingente de paseo.
Como parte del recorrido es necesario atravesar el Parque
Nacional Las Cajas, de una majestuosa
belleza natural, por donde vamos descendiendo, desde los 4200 mts. de
altura, hacia las llanuras ecuatorianas,
pobladas por una vegetación abundante, donde se cosechan platanos, mangos y otras
frutas, que no puedo identificar.
A medida que se van quedando atrás las regiones andinas, las
costumbres van cambiando, la relación con el dinero y la tierra imprimen otro
ritmo a la vida cotidiana. Un clima distinto se respira por el aumento de las temperaturas y porque lentamente se va
urbanizando el paisaje, con gran circulación de camiones de transporte de mercaderías.
En esta travesía con destino a la capital económica del país,
van surgiendo los caseríos, con
viviendas rusticas con techo de palma y rodeadas de tierra colorada, que parecen subsistir por la oferta de
productos al borde de la ruta. Gomerías, comidas al paso parecen el medio de sostenimiento de las
pequeñas economías domésticas.
La aparición de enormes carteles publicitarios, nos va
señalando que estamos en la dirección correcta. Imponentes anuncios de autos importados van bordeando el camino. Hasta acá en ningún
lugar, de los centenares de kilómetros
recorridos, he podido apreciar letreros
que promueven el consumo de productos suntuosos.
Una carretera, un camino que nos van introduciendo en esa otra realidad ecuatoriana, una realidad que parece empezar a blanquearse.
Comentarios
Publicar un comentario